domingo, 26 de diciembre de 2010

¡ HEIL, CAMPOFRÍO !

Genial artículo de Xavier Bayle


http://www.xavibayle.animanaturalis.org/?m=201012




La primera vez que estuve en el campo de Oświęcim (el nombre polaco de Auschtwitz), prendí una vela y la coloqué sobre la plataforma metálica que daba entrada a los cadaveres al crematorio, había otras velas y consideré un símbolo a la vida hacerlo. Esa boca se había tragado miles de cuerpos, mujeres y niñas, ancianas, místicas y poetisas, asesinas, zapateras, albañiles y mercaderes, sin distingo de sexo o edad pero bajo la condición de haber nacido gitanas, idealistas, homosexuales, judias, ladronas, insurgentes,… y poner una vela, así como rechazar cualquier segregacionismo en mi vida eran un gesto, un mínimo compromiso de lo que podía hacer para que ello no sucediera más. Minutos después mi vela había sido sustituida por otra con la bandera de Israel impresa en la parafina, pretendiendo alguien atribuirse la totalidad del holocausto a la etnia judia y demostrando que las sionistas y muchas habitantes de ese país siguen sin haber entendido NADA de ética ( opinión ratificada por la práctica del nazismo contra Palestina), pero ese es otro tema.
La primera vez que estuve en Auschwitz rompí a llorar al contacto del ladrillo rojo de los barracones, era ese el mismo ladrillo conservado y que hace decenas de años guarda ( si una es perceptiva ) los alaridos, los llantos, los gemidos y la desesperación de las millones de personas que retuvo, cuatro millones de las cuales no sobrevivieron sino que sobremurieron, por ello Birkenau ( Brzezinka ) era un campo “de trabajo” y Auschwitz uno “de exterminio”. Esos muros, esas alambradas, esas torres y esos barracones habían testificado tanta soledad y tristeza, tanta falta de esperanza y de escrúpulos que me veía obligada de algún modo a llorar para lavarle un poco al ser humano ese pecado, ese exceso de humanidad. Luego aprendí que las lágrimas -como las buenas intenciones- no sirven de mucho. A efectos prácticos lamentarse no sirve de nada.
El ladrillo rojo de Auschwitz late hipertenso como un corazón aterrorizado, como los muros de hormigón de las granjas de engorde de animales.
Probablemente abuso de la mención de la masacre cometida por nuestra especie contra sí misma ( ingenuo es pensar que sólamente fueron las nazis quienes la cometieron y la cometen ), para ejemplificar lo que hace nuestra especie con el resto de las animales. En un intento de descargo del dèjá vú, pertinente es ilustrar que aquel genocidio es idéntico al ecocidio llevado a cabo diariamente en mataderos, granjas de cria y engorde, granjas peleteras, laboratorios de vivisección, tiendas de mascotas ( juguetes vivos ), flotas pesqueras y balleneras, domingos de batida, comercios de artículos para cazadoras, o la tiendecita de la esquina junto a las grandes superficies y supermercados. No es descabellado pretender entonces que a la entrada de tales lugares las acólitas debieran saludar coherentes y en lugar de ¡buenos dias!, pasar a perpetrar la fórmula ¡heil, carnicera!, ¡heil, pescatera!, o cualquier otra que se adaptara a las circunstancias. Quien halle esto cómico, decirle que para los peces, para las vacas y cerdos o pollos, así como para millones de personas en el mundo ( cada vez más, afortunadamente ), no es ni de lejos divertido. No es ni de lejos divertido pararse a pensar que existen comercios donde se venden trozos de cadáveres que nos han maleducado a llamar comestibles. Eso lo identificamos mejor si nos imaginamos a nuestras hijas o amigas troceadas sobre el hielo picado de una pescadería, o mutiladas tras el escaparate combado de una carnicería, o si nos imaginamos a bebés colgando de las cananas de las cazadoras.
Por fortuna la ética social emergente ha comenzado a asociar y consecuentemente a dudar, de si es más legítimo degollar a un pollo en Medellín que a una niña gitana en Belgrado, empieza a no escapársenos que la muerte es la misma, y la pérdida también. Sin embargo es quedarse corta comparar el nacionalsocialismo alemán con la industria de la muerte animal, lo primero es un juego de niñas comparado con lo segundo. Las nazis eran más humanitarias que nuestro modelo de sociedad.
Ante la argucia perversa de los métodos “humanitarios” de asesinato ( el cómo no redime al qué ), y de la tendencia social a la “carne ecológica” ( si es carne, ya no es ecológica, como si es vivisección ya no es ciencia ), o al bienestarismo, responder que el zyklon B asfixiaba a las presas en cuestión de segundos, por no hablar de las miles de personas que murieron de un piadoso tiro en la nuca. Perdón por el horror, es necesario recordarlo. Y también había nazis de buen corazón, convencidas de que, ya que no había otro remedio que exterminar a las razas no caucásicas -en lo respectivo a Europa-, al menos hacerlo de modo “humanitario”. Sí, el humanitarismo es muy famoso, lo utiliza el ser humano para matar sin culpa, bien sea una presa condenada, un pollo, una rebelde, un cerdo…
Del sufrimiento en los campos de concentración se enriquecieron empresas como IBM, Siemens, Bayer y tantas otras, así como del sufrimiento de las granjas animales se enriquecen Smithfields en Estados Unidos, primer accionista del ibérico Grupo Campofrio, lider europeo de producción de carroña, con un benefício de varios miles de millones de euros anuales ( quién sino las españolas íbamos a liderar el negocio del crímen, la historia nos avala ). Otras empresas beneficiadas las podemos ver en los supermercados: Nestlé, Danone, Puleva ( con 100 años de impunidad ),… y muchas otras. Como en el Tercer Reich, éxito basado en su vertiente económica, únicamente en ella.
Como en los campos de concentración, en las granjas de cría y engorde trabaja personal no cualificado, frustrado y con un coeficiente intelectual bajo. Además, cuanto más se cumplen estos tres requisitos más probabilidades de enriquecimiento posee el negocio.
La dieta de una presa de Auschwitz, se estimaba entre las 1300 y 1700 calorías diarias ( mucho menos de las 2000 recomendadas, con el añadido de que trabajaban duramente ), porque no importaba que murieran: “material” había de sobras. Directamente opuesto, pero en la misma dirección, las granjas de engorde llevan en el peso la muerte. En los campos nazis morían de falta y en las granjas de exceso, el peso y la dieta diezmaba y diezma a ambas víctimas. Las guardianas de Auschwitz se burlaban de las famélicas llamándolas “musulmanas”, cuando éstas no eran sinó su propio esqueleto recubierto de piel, cuando caminaban somnolientas y apáticas antes de entrar en la fase sin retorno de la muerte por inanición. En el extremo opuesto, los pollos de granja o los toros engordados para la lidia, sufren en sus patas el exceso de peso -obesidad premeditada-, rompiéndoseles en no pocas ocasiones al no poder moverse de la propia saciedad y falta de musculatura. Asimismo ahogados mueren muchos patos en la producción de foiegras. El sobrepeso y el esqueletismo, las disfunciones dietéticas generadas por las nazis de ayer y por las contemporáneas, significan invariablemente muerte.
El Tercer Reich, como las corporaciones “alimentarias” globales, era y son superestructuras basadas en la explotación de especies consideradas inferiores, las mentiras, la masificación de las acciones y la optimización de los resultados, por no hablar de la más absoluta impiedad. El mismo baremo se aplica a los monocultivos ( sean o no de monstruos transgénicos ), a la sistemática pérdida de diversidad ( ecológica de los “desiertos verdes”, o racial de la supremacía blanca ), a la esclavitud y el chantaje así como a la pérdida de la soberanía. También se asemejan en que ambas eran y son sistemas suicidas que hipotecan el futuro ecológico ( finitud del planeta ), ético ( cada agresión genera respuesta ) y racial ( los genes sin intercambiar debilitan las razas ) de la sociedad avanzada, del mismo modo que no es perdurable el nazismo tampoco lo es el sistema “alimentario” actual.
Es simple: ¿ realmente creemos perdurable y justo cualquier sistema basado en la impiedad, el totalitarismo, la fuerza bruta y la depredación?. La cuestión se responde a sí misma.
Tras los acontecimientos sucedidos en Europa durante el delirio hitleriano, algunas de las víctimas que lograron sobrevivir comprendieron y se pasaron a la dieta vegetariana/vegana -por no hablar de la ingente literatura comparativa al respecto-, otras sin embargo, siguieron y siguen mascando cadáveres, lo cual demuestra las inmensas probabilidades de verdugaje que poseen las víctimas, y lo circunstancial en algunos casos del rol asesina-asesinada ( también ampliamente documentado ). Con la salvedad de que los animales no humanos matan por estricta necesidad, por imperiosa pervivencia, y el ser humano mata por placer. El ser humano es el único animal que asesina por placer, incluyendo a seres de su propia especie.
Otras víctimas del nazismo alemán, como he referido al principio de pasada, construyeron un muro vergonzoso en Cisjordania. Pero como digo, ese es otro tema.
Si hablamos de medicina Mengele o Clauberg, al igual que el Illera español, tenían y tienen su propio punto de vista sobre la ciencia, tan personal que resulta anticientífico. Edad Media en el siglo XXI, la historia se repite. Y no en vano el führer a la llegada al poder ordenó clausurar todas las asociaciones vegetarianas de Alemania, aludiendo que fomentaban la paz en la época bélica que preparaba. Vegetarianas y veganas somos o debieramos ser enemigas declaradas de las nazis y de las corporaciones alimentarias por pertenecientes a banda armada.
Cuando en fin veo la imagen de Adolf Hitler siempre lo encuentro ridículo, con ese bigotito esperpéntico y kitsch, ese flequillo infantil, ese aire enfurruñado de niña malcriada… era un espantapájaros y me reiria con gusto de su ridícula apariencia si no fuera porque el neonazismo de la industria alimentaria global, basada en el ecocidio y el genocidio, fueron patrones pergeñados por ese espantapájaros, que se releva en Ronald McDonald´s, en el coronel Sanders de KFC, en los cerditos sonrientes como logos de algunos mataderos, en la trivialidad del mal y de la crueldad bajo el bastión de la cotidianeidad, porque tambien el nazismo se hizo cotidiano en la Alemania nazi.
La crueldad es una característica que nuestra especie posee y que, como las células cancerígenas, se desarrollan o no en función de nuestros hábitos, ambas pueden nutrirse hasta el tumor pero casi siempre dependen de nuestras decisiones personales y colectivas. Con esto incido en que la lucha por la liberación animal ( humana incluída ) no se trata de un enfrentamiento entre un grupo de visionarias contra un sistema educativo y económico nazi, feroz además y subdesarrollado, sino una toma de conciencia a escala global, un modo eficaz de no financiar el sistema nazialimentario, cuya única finalidad son los benefícios, multiplicados por el número de cadáveres; ese sistema depende exclusivamente de nuestro dinero y del dinero estatal ( nuestro dinero ).
El veganismo, como mucho más que una dieta en este caso, supone la renuncia a la traición que aplica la inercia civilizatoria a la “ecolución”, es decir a la evolución del cuerpo ecoético social y a la evolución fisiológica de nuestra especie ( naturalmente vegana ), y al humanismo. El ser humano no avanzará hasta que deje de tratar a la muerte, a cualquier muerte, como aliada, por la sencilla razón de que somos vida y debemos actuar con ella. Hasta las niñas lo entienden, pero al parecer deben aprender desde pequeñas las consignas y a saludar con energía, cada mañana ante la liturgia de un desayuno de finas lonchas de carroña: ¡¡Sieg Heil, Campofrio!!.
Nuestra deuda con la ética crece día a día, el mal cometido debiera ser un bagaje a advertir; curiosamente, en cambio, cuanto más parecemos alejarnos del horror más nos acercamos a él.
Xavier Bayle




Los caníbales prefieren a los que carecen de espina dorsal.
Si un caníbal usa tenedor y cuchillo para comer, ¿es un progreso?
...Tenía la conciencia limpia; no la usaba nunca

Stanislaw Jerzy Lec


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