viernes, 9 de julio de 2010

Movimiento animalitario

Quiero compartir con vosotros un magnífico artículo de Santos Casado que lleva por título: Movimiento animalitario. En él podemos encontrar un análisis sencillo y a la vez profundo, del desarrollo de los colectivos que luchan por los derechos de los animales. Tengo que reconocer que, después de leerlo, he tomado la decisión de no usar el adjetivo “animalista” para describir a estos grupos, sino “animalitarios”. Cuando leáis el texto seguro que entenderéis el por qué he llegado a esta conclusión.

Yolanda P.

 

“Al reconocer como prójimo a un chimpancé, a un perro, a un conejo o a un pajarillo, poniéndonos en cierto sentido a su altura, nos estaremos sin duda animalizando, por haber admitido de modo implícito o explícito nuestra condición de animales. Pero, al mismo tiempo, nos habremos hecho también mucho más humanos”. Santos Casado. 




Movimiento animalitario





La civilización moderna ha elaborado una visión de los animales que resulta casi irremediablemente antropocéntrica, pues para preocuparnos por su bienestar precisamos primero humanizarlos.

Bien pensado, resulta chocante que, en los dos o tres últimos siglos, los defensores de los animales frente a la crueldad y el maltrato hayan surgido sobre todo de los movimientos humanitarios. Me refiero a que el concepto de humanitario alude específicamente, como su nombre indica, a la solidaridad o fraternidad entre seres humanos, por encima de diferencias de origen, estatus o creencia. Pareciera, por tanto, no ser el humanitarismo el ámbito más propicio para ocuparse de los demás animales, es decir, de los animales que no son humanos. Pero los hechos históricos son tozudos y dicen lo contario.

Los ejemplos de este movimiento que podríamos llamar animalitario, o sea, humanitario pero dedicado a los animales, son muchos. Fueron los británicos los primeros en aprobar, a principios del siglo XIX, diversas normas para prevenir el maltrato de animales domésticos y para prohibir, en particular, ciertos espectáculos populares basados en el cruel enfrentamiento de varios animales entre sí. El coronel Richard Martin, apodado “Humanity Dick”, logró en 1822 la promulgación de una ley que regulaba el trato que debía dispensarse al ganado vacuno. Poco después, en 1824, participó en la creación de una pionera Society for the Prevention of Cruelty to Animals. Estos primeros activistas consiguieron que el Parlamento británico ampliase, unos años más tarde, la protección legal para incluir en ella a otros animales. De este modo quedaron proscritas no solo las peleas de gallos sino también otras bárbaras prácticas de gran arraigo popular en Inglaterra, como aquellas consistentes en azuzar a varios perros contra un toro furioso o un oso encadenado, con objeto de ver como los canes acababan con su oponente o morían despedazados en el intento.


 
Nota de imagen:
En Pakistán se celebran 
peleas de osos con perros. 




Una parte importante del activismo ciudadano en esta materia ha correspondido históricamente a las mujeres, las cuales, por razones que no cabe valorar aquí, han tenido casi siempre un protagonismo especial en las causas de la piedad y el socorro a los débiles y desgraciados. En la segunda mitad del XIX cobró importancia, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, la oposición de una parte de las mujeres a las matanzas de aves, tales como gaviotas o garzas, destinadas a abastecer a otras mujeres de hermosas plumas para sus sombreros. Esta ornamentación plumífera hacía furor en la moda de la época, con lo que la batalla femenina y feminista por la vida de los pájaros hubo de enfrentarse no solo a la opinión y la tendencia de su propio sexo sino también a los poderosos y masculinos intereses económicos de quienes comerciaban con tan valioso plumaje.


En cuanto a España, el movimiento animalitario ha tenido históricamente un cierto matiz extranjerizante, por haber estado asociado, al menos en parte, a actitudes racionalistas y algo puritanas, más afines al protestantismo europeo que al castizo catolicismo hispánico. La piedra de toque de este desencuentro cultural ha estado, cómo no, en las visiones irreconciliables que de antiguo ha suscitado, y sigue suscitando, la fiesta de los toros. Ya en 1872 se fundó una Sociedad Protectora de los Animales y las Plantas en la ciudad de Cádiz, que, por tradición y por comercio, ha sido históricamente un foco de recepción de influjos europeos. Uno de sus fines era combatir el, a su juicio, cruel espectáculo taurino. Tal como recoge Joaquín Fernández en su libro de 2001 Dos siglos de periodismo ambiental, el Boletín de esta Sociedad Protectora clamaba en su primer volumen contra el bárbaro festejo, afirmando que “la civilización alza el grito para condenar las lides taurinas y para arrancar sobre todo a la mujer del seno de ellas”. Esta última observación vuelve a mostrar, por cierto, la especial visibilidad de las mujeres en relación con la preocupación humanitaria por los animales. Las peleas de gallos, el maltrato infligido a veces por los niños a pajarillos y murciélagos, o el trato abusivo dispensado a las bestias de carga eran otros tantos motivos de preocupación para estos beneméritos activistas decimonónicos.

Creo que el grueso de todas estas preocupaciones por el bienestar o los derechos de los animales se remite, en última instancia, a una u otra forma de una dinámica que pudiéramos llamar reflexiva o, quizá mejor, reflejante. O bien proyectan sobre el mundo animal valores y reglas que hemos desarrollado para convivir entre humanos, queriendo así ampliar la validez de tales preceptos morales, o bien encuentran reflejadas en las frágiles vidas de nuestros mudos hermanos los mismos afanes, dolores y alegrías que definen nuestra propia existencia. En los animales hallamos, de un modo u otro, un reflejo de nosotros mismos.






La gran capacidad para la empatía, para disfrutar y sufrir a través de otros, con la que estamos dotados de modo innato, y que es una de las bases de nuestra vida social como seres humanos, puede así extenderse a nuestros irracionales compañeros, al menos a los que son evolutivamente más cercanos. Al reconocer como prójimo a un chimpancé, a un perro, a un conejo o a un pajarillo, poniéndonos en cierto sentido a su altura, nos estaremos sin duda animalizando, por haber admitido de modo implícito o explícito nuestra condición de animales. Pero, al mismo tiempo, nos habremos hecho también mucho más humanos.





Santos Casado

Artículo publicado originalmente en la revista Quercus 288
Fecha: febrero 2010


3 comentarios:

  1. Me encanta este articulo. Me ha parecido precioso!
    Quiero que sepas, que aunque la mayoría de las veces no te deje ningún comentario, paso a leer tus publicaciones que me parecen la mar de interesantes y estupendas; y las cuales comparto contigo y en las que estoy totalmente de acuerdo en casi todo.
    Un fuerte abrazo querida amiga.

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  2. Gracias anjali, eres muy amable.
    Disfruto compartiendo con vosotros todo lo que puedo. Este artículo me ha parecido estupendo. Qué bueno es que haya personas como este hombre que defiendan a los animales. ¡Tenemos tanto que aprender de ellos!
    Un abrazo para ti también ,anjali.

    Yolanda

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  3. Buen artículo. Ten cuidado de no poner muchas fotos que ahora google cobra por ponerlas. Tienes una giga gratis, si te pasas te harán pagar. Yo voy a pasar por el tubo y pagaré, sino no voy a poder promocionar a los animales en adopción. Si no fuera por eso enviaba a los de google a cierto sitio.

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