sábado, 10 de julio de 2010

Cuatro en una celda

Una araña, un ratón y...
una historia de amistades insólitas.....


  Durante tres años compartieron la misma celda. Roberto había llegado a sentir por Matías un tímido afecto. Otras veces lo miraba con un poco de rabia, como si en aquel otro se viera a sí mismo y ese espejo empañado le transmitiera una tristeza empecinada, sin consuelo.

  A los dos meses de compartir castigo, ya se habían contado y recontado sus historias, y
cuando ya no les quedó nada que repasar, cada uno se recluyó en su silencio y el diálogo
se redujo a monosílabos.

  Roberto era un preso político; Matías estaba fichado como delincuente común. Roberto no había matado a nadie, aunque en verdad no le habían faltado ganas, pero durante toda una temporada había ejercido un agresivo periodismo contra el poder. A la dictadura lo que más le molesta no eran sus argumentos sino el tono de burla con que los matizaba. Más de un dardo de sus artículos aparecía luego pintado en los muros y normalmente las fuerzas del orden demoraban semanas en borrarlo. Todo le servía. Podía comentar un partido de fútbol o un festival de tango; su burla siempre hallaba un atajo contra los de arriba. Durante un largo lapso lo toleraron, tal vez porque el gobierno, por autoritario que fuese y se lo creyese, era consciente de que arremeter contra aquel ácido y certero humor era arremeter contra sí mismo. Pero en una ocasión la burla alcanzó a un gobernante extranjero en visita oficial y eso ya resutó imperdonable. Hacía tiempo que Roberto imaginaba un futuro bajo candado. Sabía
que el humor y el sarcasmo sirven de escudo hasta por ahí no más, de modo que se resignó a una temporada de encierro, aunque no imagió que durara más de algunas semanas. El problema era que, voz de oposición, no estaba afiliado a ningún partido, quizá por eso no hubo campaña en su defensa ni reclamos por su libertad. Al cabo de tres años tenía la impresión de que ya nadie se acordaba de él y ese olvido era también una condena.

  Matías estaba preso por otras razones. Tenía un modesto negocio, donde compraba y vendía ropa de segunda mano. Una noche en que se había quedado para poner al día su sencilla contabilidad, dos tipos encapuchados, creyendo que el local estaba vacío, entraron a robarle. Cuando lo vieron y se le fueron encima empuñando bates de baseball, Matías no vaciló, extrajo el revólver (¿quién no guarda un arma en estos tiempos?) de un cajoncito reservado y les disparó.

Su propósito era intimidarlos. Uno de los asaltantes huyó despavorido, pero el otro cayó, al parecer herido en un hombro, y allí quedó tendido. Matías telefoneó a la policía, que acudió en pocos minutos. Dejaron al herido en el hospital y retuvieron a Matías en la comisaría. Acusado e intento de homicidio y defendido por un abogado más bien estúpido, ya llevaba tres años de encierro, en tanto que el herido había sido dado de alta a los dos días y puesto en libertad (alegó que había asaltado por hambre) y por las dudas se había trasladado co su compinche al otro lado de la frontera.

  Ni Roberto ni Matías estaban solos en sus soledades. Roberto tenía como compañera insustituible a una araña de patas peludas que meditaba en su red y desde allí lo saludaba por lo menos dos veces al día: de mañana temprano, cuando un afilado rayito de sol se instalaba por una media hora a veinte centímetros de su inefable alojamiento, y también en el arranque de la noche, cuando el breve caparazón de la araña se convertía en un brillo que dividía la oscuridad en dos regiones. 


El saludo de la araña consistía en mover dos veces su pata más peluda. Roberto le respondía con el signo de la victoria. Luego uno y otra se introducían en sus noches respectivas, durante las cuales él solía soñar con la araña y ésta probablemente con aquel preso taciturno y amable.

  La compañia de Matías era en cambio un ratón diminuto, casi enano. El preso había comprado su lealtad gracias a los trocitos de comida que diariamente le reservaba de su miserable ración carcelaria. Pero ese miligramo que para Matías era un ejercicio de asco, para el ratón significaba un bocadillo exquisito. El preso había llegado a imaginar que cuando el ratón movía alegremente sus bigotes, ello significaba una señal de agradecimiento.

  El ratón de Matías y la araña de Roberto se ignoraban olímpicamente. Desde la red bajaba una sombra de desprecio y desde la cavernita habitacional del ratón subía, cuando éste se asomaba, una ráfaga de odio. 


Alimentando a un ratón

  Un día la dictadura se acabó; sin mayor escándalo, pero se acabó, y el flamante gobierno democrático decretó la esperada amnistía. Al enterarse, Roberto y Matías lanzaron tímidos hurras. Antes de que se abriera la puerta de la celda, Roberto le dedicó a su amiga una mirada de reconocimiento y le pareció que la araña se encogía de tristeza. Por su parte, el ratón miró a Matías con sus bigotes alicaídos. Pero ninguno de los dos amnistiados tuvo el coraje de llevarse consigo a sus colegas.

  Una vez en libertad y tras intercambiar sus señas y prometerse una cena de celebración, con champán y todo, Roberto se metió en un bar y allí mismo empezó a escribir su crónica "Tres años en gayola". Matías por su parte, se fue caminando lentamente en búsqueda de su antigua tienda. Si estaba cerrada, la dejaría así; si estaba abierta, la cerraría. No quería más asaltos ni disparos en defensa propia.

  Eso ocurría afuera. Dentro de la celda, todo era distinto. No bien los guardianes cerraron la puerta y pasaron candado, la araña se descolgó lentamente de su tela y el ratón se animó a salir de su agujero.
Por primera vez se miraron sin odio, conscientes de su nueva y dramática situación. Avanzaron sin apuro y se encontraron a medio camino. Aparte de ellos dos, sólo quedaba el rayito de sol de las mañanas.

  De pronto les sobrevino a ambos el mismo impulso y terminaron abrazados, sabedores de que les esperaba un fin de abandono y nostalgia.


Mario Benedetti

El porvenir de mi pasado 


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