sábado, 6 de marzo de 2010

Una vida mejor

Los singnos de nuestro tiempo son
 la estéril mecanización de la vida
y su empobrecimeinto

quien desee alboroto en lugar de música,
 y placer en lugar de alegría,
 y dinero en lugar de trabajo ,
 y juguetes en lugar de pasión honda
 será el único que merezca echar raíces
 en un mundo como éste






Conseguir una vida mejor quizá sea la respuesta a la cuestión – previa a las otras- que nos plantea la existencia; quizá sea el primer para qué de todos. Sin embargo, los hombres no siempre se han puesto de acuerdo en qué sea mejorar la propia vida en vez de su envoltura. A tal fin conducen caminos que hemos abandonado, y nuestra época de manera especial. ¿Qué caminos? Enriquecer el conocimiento esencial del ser humano y de cuanto lo fortalezca individual y socialmente, es decir, de cuanto lo humanice; alcanzar la idea más exacta posible sobre la vida (un juego al que jugamos sin entender sus reglas y sentido), lo que exige huir de cualquier ortopedia dogmática, de cualquier perjuicio religioso o científico (o seudoreligioso y seudocientífico), venga de donde venga;
establecer las normas y estructuras adecuadas para facilitar , no para complicar la vida; y crear belleza que conmueva los corazones de miles de años después (Keats dijo que un objeto hermoso es un gozo eterno). En esta dirección, ¿qué progreso habremos obtenido de nuestra época?



       Todo el daño proviene de un error capital: confundir los valores de lo principal y lo secundario; dar más importancia al parecer que al ser, al aparato de la existencia más que a su verdadero espíritu. La vida, por ejemplo, en Grecia-  y qué pocas cosas han mejorado desde entonces en nuestra intimidad- no tenía aparato. Allí se prefería la vida buena a la buena vida. Frente a la actual prepotencia del Estado , el poder no era allí ni tan fuerte ni tan largo. Frente a nuestro desatado consumismo, la indumentaria consistía en una camisa sin mangas y una manta. Los griegos consideraban a los licios gente “dada al lujo y blanda de pies” porque utilizaban calzado. No tuvieron carreteras como los persas, ni alcantarillado como el de los romanos, ni el esplendor de las civilizaciones fluviales de Egipto o Mesopotamia. Sus pequeños estados no fueron regidos por un gran rey divino, ni dejaron inscripciones megalomaníacas sobre la gloria de nadie. En estos aspectos, cabe afirmar que el griego era un pueblo casi salvaje.






      Y es que su grandeza apuntaba a otra mira. Cuando hoy se pretende resolver cualquier cosa, siempre se acaba hablando de construir más viviendas, abrir nuevos mercados, manipular los precios, agilizar los transportes o reducir los costos. A nadie se le ocurre otra clase de respuestas, porque el problema en sí es ya económico. Los otros, los sustanciales, ni si quiera se plantean. No caemos en la cuenta de que vivimos dentro de un problema tan grande que ni lo percibimos, al carecer de perspectiva. Nuestras generaciones se apoyan sobre arenas movedizas; toda evidencia, toda moral, toda salvación han desaparecido, o se perciben confusas, como los objetos que miramos a excesiva distancia o con excesiva proximidad. Encontrar un espejo alto y bello en que se refleje nuestra alma – en una época tan mediocre, tan torpemente envanecida, tan contraria a cualquier espiritualidad- nos costaría hoy sangre, y nos reflejaríamos solos en él. Hemos extraviado las grandes certidumbres y subvertido las elementales jerarquías. ¿A quién, pongo por caso, va a resolverle la vida, o a mejorársela, el invento de la televisión tridimensional?  Todos los lavavajillas del mundo no nos conducirían a una concepción luminosa y precisa de él. Todos los microondas juntos no nos proporcionarán una visión de la realidad en la que cada instante tenga un color distinto. Todos los vídeos y todos los tomavistas no lograrán que contemplemos el sol o las estrellas con placentera calma. Todas las cadenas de alta fidelidad no harán que cada uno de nuestros cinco sentidos reciba su debido mensaje y lo asimile. ….El que está satisfecho con su propia existencia en este tiempo no tendrá para nadie ni el menor interés, porque quien desee alboroto en lugar de música, y placer en lugar de alegría, y dinero en lugar de trabajo , y juguetes en lugar de pasión honda será el único que merezca echar raíces en un mundo como éste.




     Los signos de nuestro tiempo son la estéril mecanización de la vida y su empobrecimiento, la decadencia de la moral, el abandono de los ideales que mueven a individuos o a grupos, la falta de autenticidad en el arte, en manos con frecuencia de aficionados ambiciosos… No podrá edificarse algo importante sin derribar primero tanto malo construido. Sólo nos queda descansar en la ilusión de que vendrá un tiempo distinto: más alto, más hondo, más rico. De ahí que os escriba a vosotros, porque ese tiempo tendrá que venir de vuestras manos y , aunque no lo disfrute yo, es su esperanza lo que me mantiene. No obstante, una condición ha de quedar perfectamente clara: si vosotros no sois diferentes de los hombres y las mujeres de hoy- diferentes y aun opuestos- mañana seréis iguales que ellos. Porque el mayor de sus pecados es precisamente no haberse opuesto con alma y vida a los de ayer.


 pasos.jpg pasos image by angelivanr

Antonio Gala
Carta a los herederos/ octubre de 1993 


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