martes, 22 de diciembre de 2009

VIVISECCIÓN, EL ARTE DE USAR Y TIRAR


“Dexado has, Muerte, sin su sol al mundo”.
Cantos. Francesco Petrarca
VIVISECCIÓN, EL ARTE DE USAR Y TIRAR
Para aquellas que catearon en biología un pequeño recordatorio: no existen “los animales” y “nosotras”, sino un animal y otro animal diferente. En la mayoría de los comportamientos y fisiologías somos idénticas, y en una minoría sustancial sin embargo nos diferenciamos.
Nos parecemos por ejemplo en el deseo de la vida, en el instinto de pervivencia, en los ciclos de materia y energía que rigen nuestro ser y nuestro estar de uno u otro modo. Somos similares en nuestra necesidad de nutrirnos para crecer, en nuestro instinto reproductivo, en nuestra tendencia al placer físico y químico, nos parecemos en la expulsión de residuos y toxinas, en el miedo, en la soledad, en el dolor, en la alegría, en las irreprimibles ganas de hacer tonterías, en la intima necesidad de ser aceptadas, en la capacidad de dar y recibir cariño, de hacer cosas sin sentido, nos parecemos en la perentoria urgencia de oxigenar la sangre mediante algún tipo de respiración, nos parecemos en lo ineludible de nutrir materialmente nuestra musculatura. Y en muchas otros aspectos más.
En esas similitudes existen diferencias sustanciales de forma, aunque no de contenido. De forma podría ser que un koala alimentado con manzanas, muere envenenado, y un ser humano alimentado con hojas de eucalipto, muere envenenado, porque las dietas son diferentes dado que los sistemas digestivos funcionan de modos disímiles. De forma podría ser que un pez no respira la proporción de oxígeno que nosotras respiramos, y ambos morimos en medios distintos a aquello para los que fuimos magistralmente proyectadas.
De forma podría ser que la cucaracha, por ejemplo, tolera unos parámetros de radioactividad que a un ser humano lo quemarían literalmente, o le causarían lesiones letales. Entonces, dentro de esos exponentes diferenciales tan notorios, a nadie sensato se le ocurriría extrapolar los análisis y conclusiones arrojados en un cuerpo de cucaracha expuesto a intensa radiación, con las respuestas que da un cuerpo humano en las mismas circunstancias. Y sin embargo se hace. Cretinas diplomadas con licencia para envenenarnos están asesinando a gente en el nombre de la salud, y no estamos hablando de conspiraciones secretas ni organizaciones paraestatales ( que las hay, y no pocas ), sino de corporaciones farmacéuticas y lobbings que nos venden fármacos con el “angelical” propósito de mejorar nuestras expectativas de vida, esas mismas drogas que las yonquis del barrio ( cada una de nuestras vecinas adictas a pastillitas y antibióticos ), compran bajo el santo consejo de las facultativas del Ministerio de Salud, bajo un clima de normalidad que ríete tu de Nagasaki y de los gulags rusos.
Drogas legales, reguladas por los gobiernos -en teoría-, inundan la cadena alimentaria de la ciudadana de a pie. La televisión condena la marihuana, la heroína y la cocaína, por ejemplos, pero permite el genocidio consciente, premeditado, rentable y masivo que supone el consumo de carne, leche, café, alcohol o tabaco, sólo porque se trata de sustancias tóxicas adictivas de baja intensidad.
Sin exageraciones, de acuerdo, pero sin ingenuidad, por favor.


La inmensa mayoría de los productos que nos amenazan desde los supermercados, farmacias, carnicerías, perfumerías o droguerías han sido previamente, total o parcialmente, “testados en animales”. Esa frase que pretende ser un sinónimo de seguridad, lo es precisamente de lo contrario. Es por ello que las vivisectoras huyen de la palabra vivisección como las policías huyen de la palabra tortura. En suma las palabras sólo son palabras, conjunto de fonemas, pero parecen haber trepado a la importancia de los actos en un mundo donde el aspecto cuenta más que el contenido. Vivi (del latín vivus, es decir vivo), sección (del latín sectio, es decir cortar), o sea “cortar en vivo”. Es decir, abrir una carne trémula, rajar un cuerpo que late, exponer cruelmente la interioridad sagrada de los seres vivos. Esto no ofrece demasiado conflicto ético cuando se trata de las plantas, que también segregan savia cuando son rajadas, y también sufren alteraciones de metabolismo en esos traumas, simplemente porque carecen de nervios sensitivos ( al menos por lo que hasta la fecha sabemos de ellas), y en cualquier caso al menos no tan complejos como los de los animales, y entre ellos principalmente los de sangre caliente, específicamente los mamíferos como el perro, el gato, la rata, la presa en una cárcel, el mono u otros usados como material de laboratorio.
“Usados”, retened este término.


Exponer desnudo algo tan íntimo como el cuerpo otorgado para la vida debe y debería ser una decisión personal, así que imaginaos lo personal que debe ser exponer el cerebro o la médula espinal, ser abierta en canal con o sin anestesia… debiera ser una decisión personal muy meditada. Excepto cuando se hace por la fuerza, y se rueda una película snuff con nosotras, se nos viola, se nos opera en vivo sin consentimiento o/y se nos asesina, pero entonces es delito, punible hasta con cadena perpetua. A las vivisectoras, por hacer lo mismo, se les imprime el nombre en revistas del ramo y hasta pueden conseguir premios. Nobeles incluidos, aunque al parecer ello no es tan difícil, que hasta Obama tiene uno. Sí, también Hitler fuer una persona famosa. Mundialmente además.
Leo que Freud no usó animales no humanos para documentar sus teorías, y es conocida como una de las personas más relevantes en el campo de la psicología, título que consiguió gracias a sus puntos de vista tan poco convencionales, lo cual sumó su curiosidad a ese hecho de no usar modelos de animales no humanos para establecer pautas de comportamiento en animales humanos. Somos parecidos pero no tanto; además de poseer una lógica aplastante, eso parece ser algo que la estupidez científica actual no acaba de entender. Y en lo del umbral del dolor y la tortura -en ello SI somos idénticas-, definitivamente las vivisectoras no entienden absolutamente nada.


O quizás lo que ocurre es algo tan sencillo como que las vivisectoras, como ya describí a las taurófobas, son unas prostitutas. Las putas de la ciencia, que venden barata esa palabra para jugar a las carnicerías y fingir que nos salvan la vida. Mentirosas sin escrúpulos, bastardas de la medicina, enanas mengeles de puntillas, comerciantes, mercaderes, traficantes. Todo menos científicas, todo menos eso, creedme.
El mundo de la vivisección mueve miles de millones. Ahí está la ciencia, la de la ambición.
Si eres animal de laboratorio saldrás de las salas aseptizadas en una bolsa de basura, o gracias a la mano infinitamente justa de miembros de algún grupo liberacionista ( pertinentemente denominadas terroristas ), así que mejor no meterse demasiado en la piel de un animal usado para experimentación, el dolor puede ser insoportable incluso cuando sólo se medita sobre ello.


Muchos son los productos que conforman la fórmula de un champú, un detergente, un limpiacristales Algunos de ellos, aislados o en sinergia con otros, resultan abrasivos (por ello se usan para diluir la “suciedad”), y esa es su función principal: abrasar, eliminar, desintegrar. Para ello han sido diseñados. Sin embargo, antes de sus higiénicos fines humanos han estado en los ojos de los conejos.
Los conejos tienen ojos grandes y preciosos, muy sensibles, muy apetecibles para el test draize. Por su naturaleza pacífica es fácil inmovilizar conejos, confían mucho, de cuello para abajo están encajados y un collar rígido les impide cualquier movimiento aparte del de la cabeza, por eso cuando se les ciega poco a poco, MUY MUY dolorosamente, durante semanas, algunos enloquecen de dolor y se agitan convulsamente tratando de escapar de esa lacerante irritación que les convierte los globos oculares en pulpa, y en esas convulsiones se desgajan las cervicales y se desnucan, fastidiando el glorioso experimento de los laboratorios y sus mercaderes de la pseudociencia, escoria con bata blanca que gozan del beneplácito gubernamental, de fondos públicos y privados y de una pereza mental a la altura de las nigromantes de la Edad Media. No en vano la vivisección, el testado con animales, se remonta a esa época, es decir, que el contexto ético que permite usar animales contra su voluntad para cualquier tipo de experimentos, data de aquella época en que se quemaban brujas, se trataban a las mujeres como coños que limpiaban y parían, y las pobres eran un poco más que mierda, pero sólo un poco. Recursos, en el mejor de los casos. Hemos refinado los laboratorios, los hemos esterilizado, pero los horrores permanecen, legales, aceptables, innumerables, y el nivel ético humano acompaña el carácter de ese horror.

Dado que el mundo de los cosméticos genera un importante grueso de los beneficios y usos de las prácticas vivisectoras no puedo eludir una observación personal al respecto: sólo las gentes extremadamente necias intentan suplir la belleza interior con los trucos que existen en el mercado para modificar y “mejorar” la belleza exterior, en la sociedad contemporánea no importa lo que eres sino lo que pareces, en eso consiste cierto aire de modernidad. Pero la persistente caducidad de la forma jamás podrá alcanzar la eterna validez del contenido.
Hace poco le explicaba a una amiga que yo no era exactamente (o al menos solamente), defensora de los animales sino que mi más profunda y acérrima misión en la vida consistía en demostrar todo lo científicamente que pueda, que el ser humano es un animal menor, estúpido, estupidizado e indigno entre las demás especies, muy por debajo del cerdo, de la cucaracha, de la rata o de las chinches del colchón, y que mis energías y esfuerzos vendrán orientadas constantemente en degradar a esa parte de mi especie que goza con su antropocentrismo, y bajarle sus ínfulas, tratando de conseguir que asuma su minusvalía como principio para lograr empezar a ser una especie digna entre las demás. Y es que hay que caerse para aprender a andar.

Volviendo al testado con animales quizás bastaría que las personas decentes no compraran nada que no lleve la etiqueta del conejito libre de crueldad, que se cuidaran y no llegaran a la imbecilidad generalizada de la dependencia a los medicamentos, que firmaran esa campaña que parece que no hace nada pero hace (crear tejido social y conciencia colectiva, para empezar), o que usaran productos naturales y no fumaran el humo que mató a miles de monos y perros, negando las cremas hechas con ojos dañados, los aerosoles que abrasaron pupilas, los champús que hicieron estremecerse de agonía a perros beagle, muriendo de un dolor horroroso, intenso y extremadamente lento y cruel, porque alguna de las empresas que testan con animales no humanos necesitan arrojar en sus resúmenes anuales cifras cada vez más altas para contentar a accionistas y a brokers bursátiles.
Quizás bastaría con ello, quizás, pero también quizás, dentro del mismo proceso ético imparable que está sucediendo en este mismo momento histórico para desterrar de este planeta las corridas de toros o los circos con animales no humanos, los gobiernos de los países que pretendan disimular su corrupción debieran iniciar una seria y definitiva erradicación de las prácticas vivisectoras en los contextos científicos, tanto públicos como privados. Negándole definitivamente cualquier legitimidad y valor a esa gran mentira que llamamos “testado en animales”, que no conduce sino a la manutención del oscurantismo y a la perpetuación de la inseguridad sanitaria. E incluso programar rigurosas auditorías para que esas delincuentes que trafican con nuestra salud, sean vigiladas y enmendadas, si pretenden seguir haciendo negocio en esta sociedad.
Existe una masacre cotidiana si no más numerosa que la de los mataderos, más cruel sin duda. Se esconde detrás de las palabras “dermatológicamente testado”. No es que los conejos desnucados durante el test draize prefieran morir a soportar el dolor, simplemente les empuja la desesperación, como esas personas que saltaban por las ventanas desde las torres gemelas de Nueva York, mientras los edificios se incendiaban gracias a la CIA y al Pentágono. Esa es nuestra sociedad, mirémosla en conjunto y nos solamente lo que nos place de ella. Que algo sea legal no significa que sea ético, y la ética está por encima de la ley, desde siempre y para siempre. Que sea legal no significa que sea inofensivo, y si no, contemos las víctimas anuales directas o indirectas del uso de tabaco y alcohol: millones, muchas de ellas no culpables.
Animales humanos usados para el bien común, animales no humanos usados para el beneficio individual, usados y tirados, como pañuelitos de papel, como objetos caducos. Cosas de usar y tirar, vidas de usar y tirar. Seguimos en el siglo XX.

Xavier Bayle 






3 comentarios:

  1. Y ésto es Ciencia?, el abuso hacia criaturas indefensas?. No entiendo por qué este crimen es legal, por más intereses económicos que puedan obtener algunos seres sin conciencia. Qué lástima siento al pensar el infierno al que han sido condenados por sobervia humana estos pobres animales. No hay derecho. Asco me dan el método científico y la justicia.

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  2. Comparto en facebook. Gracias. Un abrazo!

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  3. Laura, la tortura al resto de los animales es de tal magnitud que, al menos en mi caso, no hacen más que agrandar el desprecio que siento a muchos de nuestros congéneres.
    Los laboratorios de experimentación se escudan en su secretismo, no les conviene que salga a la luz la crueldad y sadismo que hay detrás de sus prácticas "científicas".
    Es nuestro deber abrir los ojos a los que continúan ignorantes. Muchas personas desconocen que detrás de los productos que usan diariamente está la vida de millones de inocentes. Estas víctimas pagan un precio muy caro por nuestro supuesto "desarrollo".

    Un beso y gracias, Laura

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