martes, 1 de diciembre de 2009

UNA HISTORIA COMÚN

Del libro “El Corazón Tardío” Antonio Gala



Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana... Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y venían por los pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La pequeña -la más amiga mía- chocó contra mí dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de entenderlos: los ojos y las manos. El resto del cuerpo ellos lo saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y engañarse entre sí; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta mañana mi pequeña no me quería mirar. Sólo después de ir detrás de ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostumbrado, me dijo: ¿No ves que nos vamos de veraneo, y están los equipajes sin hacer?. Pero no me toco ni me miro.

Yo, para no molestar, me fui a mi rincón, me eché encima de mi manta y me hice el dormido. También a mí me ilusionaba el viaje. Les había oído hablar días y días del mar y de la montaña. No sabía con certeza que habían elegido; pero comprendo que, en las vacaciones -y más en estas, que son más largas que las otras dos- mi pequeña podrá estar todo el día conmigo. Y lo pasaremos muy bien, estemos donde estemos, siempre que sea juntos... Tardaron tres horas en iniciar la marcha. Fueron bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida -que olía a gloria- y los envoltorios del último momento. Yo necesitaba correr de arriba abajo por la escalera, pero me aguanté. Cuando fueron a cerrar la puerta, eché de menos mi manta. Entre en su busca; me senté sobre ella; pero él me llamó muy enfadado -"¡Drake, venga!"-, y no tuve más remedio que seguirlo. Mientras bajaba, caí en la cuenta de que, en el lugar al que fuéramos, habría otra manta. Ellos siempre tienen razón.

Los tres mayores, mi pequeña, su hermano y yo... Era difícil caber en aquel coche, tan cargado de bultos; pero estábamos bien, tan apretados todos. Yo me acurruque en la parte de atrás, bajo los pies de los niños. La madre de él, se sentó en el extremo, que suele ser su sitio, y todavía no se le habían olvidado las voces de ella, de la mujer, porque no decía nada; sólo miraba las calles y la luz, que era muy fuerte, a través del cristal... Los niños se peleaban con cualquier pretexto esta mañana; seguían muy nerviosos. Yo sufrí sus patadas con tranquilidad, porque sabía que no iban a durar y porque era el principio de las vacaciones. Cuando, de pronto, el niño le dio un coscorrón a mi pequeña, yo le lamí en cambio las piernas con cariño; pero ella me dio un manotazo, como si la culpa hubiera sido mía. La miré para ver si sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña quiero decir, no me miraba.

Fue cuando ya habíamos perdido de vista la ciudad. El se echó a un lado, y paró el coche. Los de delante daban gritos los dos, no sé si porque discutían o porqué. La madre de él no decía nada; ya antes había empezado a decir algo, y ella lo cortó con muy malos modales. Tampoco los niños decían nada... El bajó del coche y cerró de un portazo; le dio la vuelta; abrió la puerta de al lado de los niños, y me agarró por el collar. Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo ya lo había hecho en un árbol mientras cargaban y disponían los bultos. Me resistí un poco, y él, con mucha irritación y voces, tiró de mí. Me hizo daño en el cuello. Me bajó del coche. Empujó con violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante. Oí el ruido del motor. Alcé las manos hacia la ventanilla; me apoyé en el cristal. Detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos; le temblaban los labios... Arrancó el coche y yo caí de bruces. Corrí tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro; pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón me salía por la boca...

Me aparté, porque otro coche, en dirección contraria, casi me arrolla. Me eché a un lado, a esperar y a mirar, porque estoy seguro de que volverán por mí.. Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje, y un coche negro no pudo evitar atropellarme... No ha sido mucho: un golpe seco que me tiró a la cuneta... Aquí estoy. No me puedo mover. Primero, porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron; segundo, porque no consigo menear esta pata. Quizás el golpe del coche negro aquel, no fuera tan poca cosa como creí... Me duele la pata hasta cuando me la lamo. Me duele todo... Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña nunca serán capaces de engañarme. Aquí estaré... Si tuviese siquiera un poco de agua: hace tanto calor y tengo tanto sueño... No me puedo dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen... Me siento más solo que nadie en este mundo... Aquí estaré cuando me recojan.

Ojalá vengan pronto... "



Antonio Gala

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