lunes, 28 de diciembre de 2009

Sin la compasión la humanidad no tiene el derecho de existir


He leído recientemente una entrevista realizada a Anna Ferrer, viuda de Vicente Ferrer, donde Anna recuerda algunas de las frases que su marido solía utilizar para expresar una idea: La felicidad está en el equilibrio espiritual de quererse a sí mismo y amar a los demás, no tengo fe en la sociedad actual pero sí en las personas, sin la compasión la humanidad no tiene el derecho de existir”. Quiero aclarar que soy una agnóstica,  mi interés en esta frase está fuera de los conceptos religiosos. Ferrer utiliza la compasión como algo primordial para la existencia de una sociedad digna. Hay quien piensa que la compasión no sólo no es positiva, sino que rebaja al ser a quien va dirigida proyectando a la víctima  en un plano inferior al que ocupa el que siente pena o lástima por el padecimiento ajeno. No comparto esta opinión, ya que para ser solidario, mostrar ternura o empatía, hay que sentir como propias las desgracias del otro y esto en ningún caso es humillante. 

 


Una sociedad donde prima el egocentrismo, la soberbia o la arrogancia, no puede permanecer ni evolucionar. El antropocentrismo es una muestra más de las múltiples facetas típicas del género humano a lo largo de la historia. El trato que reciben los animales, por ser considerados inferiores, meros objetos para nuestro beneficio, convierten su existencia en un verdadero infierno. 

 


Cuando, para defender el derecho de los animales a no ser torturados, a disfrutar de su propia vida, se expone la necesidad de sentir compasión hacia su sufrimiento, algunos defienden su papel de verdugos apoyándose en su libertad de acción, llegando a acusar de inquisidores, fanáticos intransigentes, a cualquiera que ose rebatir este supuesto privilegio. Sin la compasión o la empatía, nadie tiene derecho a existir, cuanto más indefensa sea una criatura, más necesidad tiene de protección. Esta defensa del más débil y desfavorecido, no se basa en un supuesto infantilismo o ingenuidad por parte del defensor, sino en un sentido de justicia bastante más elevado del antropocéntrico que se complace en la aflicción de otro ser con capacidad para sentir dolor, exactamente igual al que puede padecer cualquiera de nosotros. Si la situación de víctimas propiciatorias que padecen en nuestro país los toros la soportara alguno de nuestros congéneres, nadie dudaría en tratarlo como una verdadera injusticia digna de castigo. Nuestro egoísmo cegador no nos permite sentir empatía hacia su dolor, pero esta obstinación no convierte una injustica en algo permisible. 



En el poema “Quemar las naves” Benedetti describe una nueva sociedad ideal en la que no estará permitida la libertad de elegir lo injusto:

 “el día o la noche en que por fin lleguemos
habrá sin duda que quemar las naves
así nadie tendrá riesgo ni tentación de volver

es bueno que se sepa desde ahora
que no habrá posibilidad de remar nocturnamente
hasta otra orilla que no sea la nuestra
ya que será abolida para siempre
la libertad de preferir lo injusto
y en ese solo aspecto
seremos más sectarios que dios padre…”

En este mundo soñado no habrá lugar para individuos que defiendan su derecho a torturar a un animal amparándose en su supuesta libertad, faltos de compasión y sobrados de arrogancia.
De Benedetti se comenta que fue “hombre insobornable y coherente con sus ideas, durante toda su vida denunció lo que consideraba injusto sin importarle quién lo perpetrara”. Personalmente no me atemoriza el que en España existan personajes supuestamente respetables aficionados a la tauromaquia que disfrazan la tortura y el sadismo con el arte y la cultura, lo que sí tengo claro es que estos individuos sin compasión no tienen derecho de existir. 






Yolanda Plaza Ruiz




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