martes, 29 de diciembre de 2009

Alegría de la tristeza

En las viejas telarañas de la tristeza
suelen caer las moscas de sastre
pero nunca las avispas de aristófanes

uno puede entristecerse
por muchas razones y sinrazones
y la mayoría de las veces sin motivo aparente
sólo porque el corazón de achica un poco
no por cobardía sino por piedad

la tristeza puede hacerse presente
con palabras claves o silencios porfiados
de todas maneras va a llegar
y hay que aprontarse a recibirla

la tristeza sobreviene a veces
ante el hambre millonaria del mundo
o frente al pozo de alma de los desalmados

el dolor por el dolor ajeno
es una constancia de estar vivo

después de todo/ pese a todo
hay una alegría extraña/ desbloqueada
en saber que aún podemos estar tristes



M. Benedetti

Balada del mal genio



Hay días en que siento una desgana
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio.


Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo el indócil personal a mis órdenes.


Hay días que ni siquiera son oscuros
días en que pierdo rastro de mi pena
y resuelvo las palabras cruzadas
con una rabia hecha para otra ocasión
digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.


Días en que uno sabe que hace mucho era bueno
bah tal vez no hace tanto que salía la luna
limpia como después de un jabón perfumado
y aquello sí era auténtica melancolía
y no este malsano, dulce aburrimiento.

Bueno, esta balada sólo es para avisarte
que en estos pocos días no me tomes en cuenta. 







                       Mario Benedetti

                     de “El amor, las mujeres y la vida”


lunes, 28 de diciembre de 2009

Sin la compasión la humanidad no tiene el derecho de existir


He leído recientemente una entrevista realizada a Anna Ferrer, viuda de Vicente Ferrer, donde Anna recuerda algunas de las frases que su marido solía utilizar para expresar una idea: La felicidad está en el equilibrio espiritual de quererse a sí mismo y amar a los demás, no tengo fe en la sociedad actual pero sí en las personas, sin la compasión la humanidad no tiene el derecho de existir”. Quiero aclarar que soy una agnóstica,  mi interés en esta frase está fuera de los conceptos religiosos. Ferrer utiliza la compasión como algo primordial para la existencia de una sociedad digna. Hay quien piensa que la compasión no sólo no es positiva, sino que rebaja al ser a quien va dirigida proyectando a la víctima  en un plano inferior al que ocupa el que siente pena o lástima por el padecimiento ajeno. No comparto esta opinión, ya que para ser solidario, mostrar ternura o empatía, hay que sentir como propias las desgracias del otro y esto en ningún caso es humillante. 

 


Una sociedad donde prima el egocentrismo, la soberbia o la arrogancia, no puede permanecer ni evolucionar. El antropocentrismo es una muestra más de las múltiples facetas típicas del género humano a lo largo de la historia. El trato que reciben los animales, por ser considerados inferiores, meros objetos para nuestro beneficio, convierten su existencia en un verdadero infierno. 

 


Cuando, para defender el derecho de los animales a no ser torturados, a disfrutar de su propia vida, se expone la necesidad de sentir compasión hacia su sufrimiento, algunos defienden su papel de verdugos apoyándose en su libertad de acción, llegando a acusar de inquisidores, fanáticos intransigentes, a cualquiera que ose rebatir este supuesto privilegio. Sin la compasión o la empatía, nadie tiene derecho a existir, cuanto más indefensa sea una criatura, más necesidad tiene de protección. Esta defensa del más débil y desfavorecido, no se basa en un supuesto infantilismo o ingenuidad por parte del defensor, sino en un sentido de justicia bastante más elevado del antropocéntrico que se complace en la aflicción de otro ser con capacidad para sentir dolor, exactamente igual al que puede padecer cualquiera de nosotros. Si la situación de víctimas propiciatorias que padecen en nuestro país los toros la soportara alguno de nuestros congéneres, nadie dudaría en tratarlo como una verdadera injusticia digna de castigo. Nuestro egoísmo cegador no nos permite sentir empatía hacia su dolor, pero esta obstinación no convierte una injustica en algo permisible. 



En el poema “Quemar las naves” Benedetti describe una nueva sociedad ideal en la que no estará permitida la libertad de elegir lo injusto:

 “el día o la noche en que por fin lleguemos
habrá sin duda que quemar las naves
así nadie tendrá riesgo ni tentación de volver

es bueno que se sepa desde ahora
que no habrá posibilidad de remar nocturnamente
hasta otra orilla que no sea la nuestra
ya que será abolida para siempre
la libertad de preferir lo injusto
y en ese solo aspecto
seremos más sectarios que dios padre…”

En este mundo soñado no habrá lugar para individuos que defiendan su derecho a torturar a un animal amparándose en su supuesta libertad, faltos de compasión y sobrados de arrogancia.
De Benedetti se comenta que fue “hombre insobornable y coherente con sus ideas, durante toda su vida denunció lo que consideraba injusto sin importarle quién lo perpetrara”. Personalmente no me atemoriza el que en España existan personajes supuestamente respetables aficionados a la tauromaquia que disfrazan la tortura y el sadismo con el arte y la cultura, lo que sí tengo claro es que estos individuos sin compasión no tienen derecho de existir. 






Yolanda Plaza Ruiz




sábado, 26 de diciembre de 2009

El animalismo que admiro y me duele


Me gustaría, aprovechando fechas que invitan a balances, expresar mi admiración y gratitud a todos aquellos que vienen entregando su tiempo, su sudor, sus lágrimas y hasta su dinero, por lograr un mayor respeto a los derechos fundamentales de los animales; un debate que a estas alturas debería estar más que superado y que sin embargo, continúa inexplicable y dolorosamente abierto, porque abiertas permanecen también las heridas por las que se desangran todas esas criaturas a manos de algunos hombres, en los que la evolución, lejos de servir para alimentar su ética, se ha convertido en un instrumento al servicio del antropocentrismo más destructivo.



Sensibilidad, generosidad y afán de justicia, son valores imprescindibles para comprometerse en la lucha animalista, pero además, es necesario disponer de un estómago blindado, porque el relato de los episodios de maltrato, legal o no, que acontecen cada día en nuestro País, así como la visión de ciertas imágenes, son una prueba muy dura y extremadamente difícil de superar. Ni que decir tiene, insignificante comparada con la de aquellos que han de enfrentarse en vivo a las consecuencias directas de la barbarie humana. Y casi siempre lo hacen en silencio y sin contar con más ayuda ni compañía que las otorgadas por su vocación y su angustia.




No todos, empezando por mí, gozamos de tal capacidad para ser testigos de tanta sinrazón y sufrimiento sin retorcernos de rabia, de asco y de espanto. Y así, a menudo, sólo porque la obsesión por ponerle fin a esos crímenes es superior en intensidad a cualquier otro condicionante, podemos tragar hiel y seguir adelante, jurando ante el gato al que vemos agonizar después de que lo hayan desollado vivo, frente al cadáver de una burrita violada con un palo, o contemplando al toro que vomita borbotones sanguinolentos tras ser alanceado, que no olvidaremos su padecimiento ni habremos de rendirnos, hasta que sus asesinos reciban el castigo que tan miserables y cobardes acciones merecen. Lo que es tanto como hacerles la promesa de que nuestra batalla continuará hasta que el Código Penal, convierta en delito aquello que hoy no es más que una falta o incluso, ostenta todavía la condición de acontecimiento deportivo, representación artística, manifestación cultural, negocio o supuesta necesidad



Los animales se ven privados de la facultad de darnos las gracias y acáso, ni las necesitemos, pero es que posiblemente, ni las merezcamos por su parte. Porque si bien estas palabras son un sincero reconocimiento a la imprescindible labor del movimiento animalista, lo cierto es que incurrimos en gran cantidad de errores, en carencias, en egoísmos y hasta en necedades.


No hemos sido válidos, de momento, para trasladar con toda su complejidad, la realidad de esta tragedia cotidiana, contribuyendo con nuestra ineptitud a que la ignorancia colectiva, la más valiosa aliada de los maltratadores, siga siendo la característica que con mayor propiedad se le puede aplicar a todas las formas que subsisten de explotación de los animales.




Y tan imperdonable y nefasta impericia, tal vez se deba a que hasta ahora, no hemos demostrado la predisposición a constituirnos en un movimiento sin fisuras, ajeno a la debilidad que la división de fuerzas genera. Y en ese sentido, no podemos esperar gratitud de aquellos a los que defendemos sino un más que merecido reproche, porque siendo su única esperanza, frecuentemente habrán de sentirse decepcionados con nuestra negligente conducta; y si ellos no lo hacen dado que su irracionalidad no les permite tales reflexiones, nosotros mismos deberíamos de ser los primeros en reconocer lo equivocado del camino que a menudo escogemos en esta lucha.



Comencé escribiendo sobre admiración y agradecimiento, y finalizo haciéndolo de reproches y decepciones. Unas valoraciones y otras son compatibles, porque nadie niega las mejores intenciones ni lo valioso del esfuerzo y del compromiso, pero eso no puede convertirnos en ciegos ante las consecuencias de nuestros fallos.


De ningún modo podemos sentirnos plenamente orgullosos ni satisfechos, y lo deseable es que los pequeños logros nos sirvan para infundir ánimos y para aprender de las equivocaciones, no es inteligente dejarnos llevar por la arrogancia y creer que estamos cumpliendo con nuestras obligaciones para con aquellos a los que siempre les corresponden los desechos de la moral humana, porque en el movimiento animalista seguimos mostrándonos como numerosos grupúsculos, desorganizados, desunidos y a veces, parece que con intereses dispares. Si nos empeñamos en continuar así, tardaremos mucho más tiempo en que los animales dejen de padecer y de morir por culpa de la intervención del hombre.




Gracias a todos compañeros y enhorabuena por lo conseguido, pero por favor, detengámonos a analizar qué es lo que estamos haciendo mal, porque a estas alturas, deberíamos de haber avanzado mucho más. Sin autocrítica no hay voluntad de enmienda ni posibilidad de superar los errores, errores que cuestan muchas vidas cada día. Por eso, antes de susurrar con mil voces aisladas que “no al maltrato a los animales”, expresemos de forma clara y rotunda a los nuestros, que queremos luchar todos unidos y tal vez, en la próxima ocasión, esos susurros se transformen en un único grito atronador e imposible de ignorar.




Siempre acusamos a los responsables políticos de indiferencia ante el infortunio terrible y permanente al que condenamos los seres humanos a los animales, pero tal vez, su desinterés y su falta de sensibilidad, se deba en gran medida a que nosotros, los animalistas, somos unos grandes indolentes, acomodados en una dinámica tan repetitiva como improductiva y sobre todo, demasiado empeñados en ponerle nombres propios a una lucha que ha de ser universal y anónima, como anónimas son todas las criaturas que siguen muriendo cada día, mientras a nosotros se nos llena la boca con la promesa de hacerles justicia.


Julio Ortega Fraile 




Imágenes de los blogs: 









martes, 22 de diciembre de 2009

VIVISECCIÓN, EL ARTE DE USAR Y TIRAR


“Dexado has, Muerte, sin su sol al mundo”.
Cantos. Francesco Petrarca
VIVISECCIÓN, EL ARTE DE USAR Y TIRAR
Para aquellas que catearon en biología un pequeño recordatorio: no existen “los animales” y “nosotras”, sino un animal y otro animal diferente. En la mayoría de los comportamientos y fisiologías somos idénticas, y en una minoría sustancial sin embargo nos diferenciamos.
Nos parecemos por ejemplo en el deseo de la vida, en el instinto de pervivencia, en los ciclos de materia y energía que rigen nuestro ser y nuestro estar de uno u otro modo. Somos similares en nuestra necesidad de nutrirnos para crecer, en nuestro instinto reproductivo, en nuestra tendencia al placer físico y químico, nos parecemos en la expulsión de residuos y toxinas, en el miedo, en la soledad, en el dolor, en la alegría, en las irreprimibles ganas de hacer tonterías, en la intima necesidad de ser aceptadas, en la capacidad de dar y recibir cariño, de hacer cosas sin sentido, nos parecemos en la perentoria urgencia de oxigenar la sangre mediante algún tipo de respiración, nos parecemos en lo ineludible de nutrir materialmente nuestra musculatura. Y en muchas otros aspectos más.
En esas similitudes existen diferencias sustanciales de forma, aunque no de contenido. De forma podría ser que un koala alimentado con manzanas, muere envenenado, y un ser humano alimentado con hojas de eucalipto, muere envenenado, porque las dietas son diferentes dado que los sistemas digestivos funcionan de modos disímiles. De forma podría ser que un pez no respira la proporción de oxígeno que nosotras respiramos, y ambos morimos en medios distintos a aquello para los que fuimos magistralmente proyectadas.
De forma podría ser que la cucaracha, por ejemplo, tolera unos parámetros de radioactividad que a un ser humano lo quemarían literalmente, o le causarían lesiones letales. Entonces, dentro de esos exponentes diferenciales tan notorios, a nadie sensato se le ocurriría extrapolar los análisis y conclusiones arrojados en un cuerpo de cucaracha expuesto a intensa radiación, con las respuestas que da un cuerpo humano en las mismas circunstancias. Y sin embargo se hace. Cretinas diplomadas con licencia para envenenarnos están asesinando a gente en el nombre de la salud, y no estamos hablando de conspiraciones secretas ni organizaciones paraestatales ( que las hay, y no pocas ), sino de corporaciones farmacéuticas y lobbings que nos venden fármacos con el “angelical” propósito de mejorar nuestras expectativas de vida, esas mismas drogas que las yonquis del barrio ( cada una de nuestras vecinas adictas a pastillitas y antibióticos ), compran bajo el santo consejo de las facultativas del Ministerio de Salud, bajo un clima de normalidad que ríete tu de Nagasaki y de los gulags rusos.
Drogas legales, reguladas por los gobiernos -en teoría-, inundan la cadena alimentaria de la ciudadana de a pie. La televisión condena la marihuana, la heroína y la cocaína, por ejemplos, pero permite el genocidio consciente, premeditado, rentable y masivo que supone el consumo de carne, leche, café, alcohol o tabaco, sólo porque se trata de sustancias tóxicas adictivas de baja intensidad.
Sin exageraciones, de acuerdo, pero sin ingenuidad, por favor.


La inmensa mayoría de los productos que nos amenazan desde los supermercados, farmacias, carnicerías, perfumerías o droguerías han sido previamente, total o parcialmente, “testados en animales”. Esa frase que pretende ser un sinónimo de seguridad, lo es precisamente de lo contrario. Es por ello que las vivisectoras huyen de la palabra vivisección como las policías huyen de la palabra tortura. En suma las palabras sólo son palabras, conjunto de fonemas, pero parecen haber trepado a la importancia de los actos en un mundo donde el aspecto cuenta más que el contenido. Vivi (del latín vivus, es decir vivo), sección (del latín sectio, es decir cortar), o sea “cortar en vivo”. Es decir, abrir una carne trémula, rajar un cuerpo que late, exponer cruelmente la interioridad sagrada de los seres vivos. Esto no ofrece demasiado conflicto ético cuando se trata de las plantas, que también segregan savia cuando son rajadas, y también sufren alteraciones de metabolismo en esos traumas, simplemente porque carecen de nervios sensitivos ( al menos por lo que hasta la fecha sabemos de ellas), y en cualquier caso al menos no tan complejos como los de los animales, y entre ellos principalmente los de sangre caliente, específicamente los mamíferos como el perro, el gato, la rata, la presa en una cárcel, el mono u otros usados como material de laboratorio.
“Usados”, retened este término.


Exponer desnudo algo tan íntimo como el cuerpo otorgado para la vida debe y debería ser una decisión personal, así que imaginaos lo personal que debe ser exponer el cerebro o la médula espinal, ser abierta en canal con o sin anestesia… debiera ser una decisión personal muy meditada. Excepto cuando se hace por la fuerza, y se rueda una película snuff con nosotras, se nos viola, se nos opera en vivo sin consentimiento o/y se nos asesina, pero entonces es delito, punible hasta con cadena perpetua. A las vivisectoras, por hacer lo mismo, se les imprime el nombre en revistas del ramo y hasta pueden conseguir premios. Nobeles incluidos, aunque al parecer ello no es tan difícil, que hasta Obama tiene uno. Sí, también Hitler fuer una persona famosa. Mundialmente además.
Leo que Freud no usó animales no humanos para documentar sus teorías, y es conocida como una de las personas más relevantes en el campo de la psicología, título que consiguió gracias a sus puntos de vista tan poco convencionales, lo cual sumó su curiosidad a ese hecho de no usar modelos de animales no humanos para establecer pautas de comportamiento en animales humanos. Somos parecidos pero no tanto; además de poseer una lógica aplastante, eso parece ser algo que la estupidez científica actual no acaba de entender. Y en lo del umbral del dolor y la tortura -en ello SI somos idénticas-, definitivamente las vivisectoras no entienden absolutamente nada.


O quizás lo que ocurre es algo tan sencillo como que las vivisectoras, como ya describí a las taurófobas, son unas prostitutas. Las putas de la ciencia, que venden barata esa palabra para jugar a las carnicerías y fingir que nos salvan la vida. Mentirosas sin escrúpulos, bastardas de la medicina, enanas mengeles de puntillas, comerciantes, mercaderes, traficantes. Todo menos científicas, todo menos eso, creedme.
El mundo de la vivisección mueve miles de millones. Ahí está la ciencia, la de la ambición.
Si eres animal de laboratorio saldrás de las salas aseptizadas en una bolsa de basura, o gracias a la mano infinitamente justa de miembros de algún grupo liberacionista ( pertinentemente denominadas terroristas ), así que mejor no meterse demasiado en la piel de un animal usado para experimentación, el dolor puede ser insoportable incluso cuando sólo se medita sobre ello.


Muchos son los productos que conforman la fórmula de un champú, un detergente, un limpiacristales Algunos de ellos, aislados o en sinergia con otros, resultan abrasivos (por ello se usan para diluir la “suciedad”), y esa es su función principal: abrasar, eliminar, desintegrar. Para ello han sido diseñados. Sin embargo, antes de sus higiénicos fines humanos han estado en los ojos de los conejos.
Los conejos tienen ojos grandes y preciosos, muy sensibles, muy apetecibles para el test draize. Por su naturaleza pacífica es fácil inmovilizar conejos, confían mucho, de cuello para abajo están encajados y un collar rígido les impide cualquier movimiento aparte del de la cabeza, por eso cuando se les ciega poco a poco, MUY MUY dolorosamente, durante semanas, algunos enloquecen de dolor y se agitan convulsamente tratando de escapar de esa lacerante irritación que les convierte los globos oculares en pulpa, y en esas convulsiones se desgajan las cervicales y se desnucan, fastidiando el glorioso experimento de los laboratorios y sus mercaderes de la pseudociencia, escoria con bata blanca que gozan del beneplácito gubernamental, de fondos públicos y privados y de una pereza mental a la altura de las nigromantes de la Edad Media. No en vano la vivisección, el testado con animales, se remonta a esa época, es decir, que el contexto ético que permite usar animales contra su voluntad para cualquier tipo de experimentos, data de aquella época en que se quemaban brujas, se trataban a las mujeres como coños que limpiaban y parían, y las pobres eran un poco más que mierda, pero sólo un poco. Recursos, en el mejor de los casos. Hemos refinado los laboratorios, los hemos esterilizado, pero los horrores permanecen, legales, aceptables, innumerables, y el nivel ético humano acompaña el carácter de ese horror.

Dado que el mundo de los cosméticos genera un importante grueso de los beneficios y usos de las prácticas vivisectoras no puedo eludir una observación personal al respecto: sólo las gentes extremadamente necias intentan suplir la belleza interior con los trucos que existen en el mercado para modificar y “mejorar” la belleza exterior, en la sociedad contemporánea no importa lo que eres sino lo que pareces, en eso consiste cierto aire de modernidad. Pero la persistente caducidad de la forma jamás podrá alcanzar la eterna validez del contenido.
Hace poco le explicaba a una amiga que yo no era exactamente (o al menos solamente), defensora de los animales sino que mi más profunda y acérrima misión en la vida consistía en demostrar todo lo científicamente que pueda, que el ser humano es un animal menor, estúpido, estupidizado e indigno entre las demás especies, muy por debajo del cerdo, de la cucaracha, de la rata o de las chinches del colchón, y que mis energías y esfuerzos vendrán orientadas constantemente en degradar a esa parte de mi especie que goza con su antropocentrismo, y bajarle sus ínfulas, tratando de conseguir que asuma su minusvalía como principio para lograr empezar a ser una especie digna entre las demás. Y es que hay que caerse para aprender a andar.

Volviendo al testado con animales quizás bastaría que las personas decentes no compraran nada que no lleve la etiqueta del conejito libre de crueldad, que se cuidaran y no llegaran a la imbecilidad generalizada de la dependencia a los medicamentos, que firmaran esa campaña que parece que no hace nada pero hace (crear tejido social y conciencia colectiva, para empezar), o que usaran productos naturales y no fumaran el humo que mató a miles de monos y perros, negando las cremas hechas con ojos dañados, los aerosoles que abrasaron pupilas, los champús que hicieron estremecerse de agonía a perros beagle, muriendo de un dolor horroroso, intenso y extremadamente lento y cruel, porque alguna de las empresas que testan con animales no humanos necesitan arrojar en sus resúmenes anuales cifras cada vez más altas para contentar a accionistas y a brokers bursátiles.
Quizás bastaría con ello, quizás, pero también quizás, dentro del mismo proceso ético imparable que está sucediendo en este mismo momento histórico para desterrar de este planeta las corridas de toros o los circos con animales no humanos, los gobiernos de los países que pretendan disimular su corrupción debieran iniciar una seria y definitiva erradicación de las prácticas vivisectoras en los contextos científicos, tanto públicos como privados. Negándole definitivamente cualquier legitimidad y valor a esa gran mentira que llamamos “testado en animales”, que no conduce sino a la manutención del oscurantismo y a la perpetuación de la inseguridad sanitaria. E incluso programar rigurosas auditorías para que esas delincuentes que trafican con nuestra salud, sean vigiladas y enmendadas, si pretenden seguir haciendo negocio en esta sociedad.
Existe una masacre cotidiana si no más numerosa que la de los mataderos, más cruel sin duda. Se esconde detrás de las palabras “dermatológicamente testado”. No es que los conejos desnucados durante el test draize prefieran morir a soportar el dolor, simplemente les empuja la desesperación, como esas personas que saltaban por las ventanas desde las torres gemelas de Nueva York, mientras los edificios se incendiaban gracias a la CIA y al Pentágono. Esa es nuestra sociedad, mirémosla en conjunto y nos solamente lo que nos place de ella. Que algo sea legal no significa que sea ético, y la ética está por encima de la ley, desde siempre y para siempre. Que sea legal no significa que sea inofensivo, y si no, contemos las víctimas anuales directas o indirectas del uso de tabaco y alcohol: millones, muchas de ellas no culpables.
Animales humanos usados para el bien común, animales no humanos usados para el beneficio individual, usados y tirados, como pañuelitos de papel, como objetos caducos. Cosas de usar y tirar, vidas de usar y tirar. Seguimos en el siglo XX.

Xavier Bayle 






miércoles, 16 de diciembre de 2009

Por favor...No te rindas



No te rindas, aún estás a tiempo

De alcanzar y comenzar de nuevo,

Aceptar tus sombras,

Enterrar tus miedos,

Liberar el lastre,

Retomar el vuelo.





No te rindas que la vida es eso,










Continuar el viaje,

Perseguir tus sueños,

Destrabar el tiempo,

Correr los escombros,

Y destapar el cielo.





No te rindas, por favor no cedas,


Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se esconda,

Y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma

Aún hay vida en tus sueños.


Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo


Porque lo has querido y porque te quiero

Porque existe el vino y el amor, es cierto.

Porque no hay heridas que no cure el tiempo.







Abrir las puertas,


Quitar los cerrojos,

Abandonar las murallas que te protegieron,

Vivir la vida y aceptar el reto,

Recuperar la risa,

Ensayar un canto,

Bajar la guardia y extender las manos

Desplegar las alas

E intentar de nuevo,

Celebrar la vida y retomar los cielos.








No te rindas, por favor no cedas,


Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se ponga y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma,

Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,

Porque esta es la hora y el mejor momento.

Porque no estás solo, porque yo te quiero.






No Te Rindas.....

                            Mario Benedetti


jueves, 10 de diciembre de 2009

Los hombres son unos nazis para los animales


NUESTRO SILENCIO Y PASIVIDAD ES UNA TRAICIÓN


Recordando las palabras de Isaac Bashevis Singer: “Los hombres son unos nazis para los animales”, he reflexionado en la relación de este genocidio con lo que supone el sufrimiento causado a los animales, supuestamente no racionales, con el hombre como verdugo indiscutible".
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En la película del director Ernst Lubitsch, titulada “Ser o no ser”, uno de los protagonistas mantiene un monólogo en el que se expresa en estos términos:

“Soy un judío.

¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones?

¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano?

¿Si nos pincháis, acaso no sangramos?

¿Si nos cosquilleáis, acaso no reímos? ¿Si nos envenenáis, acaso no morimos? Y si nos ultrajáis ¿no nos vengaremos?"



Si estos razonamientos tan lógicos podemos aplicarlos a cualquier humano, ¿por qué no lo hacemos de igual modo para comprender nuestra necesidad de hacer justicia en nuestro trato con el resto de los animales? Si un animal pudiera defenderse con lenguaje humano, podría decirnos más o menos así:

“Soy un animal...

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¿Es que un animal no tiene ojos? ¿Es que un animal no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones?

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¿Es que no está nutrido de alimentos, herido por armas, sujeto a enfermedades, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un hombre?
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¿Si nos pincháis, acaso no sangramos? ¿Si somos felices, acaso no disfrutamos?
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¿Si nos envenenáis, acaso no morimos? Y si nos maltratáis, a caso no intentamos defendernos?”


Volviendo a frases que se han hecho famosas con respecto a la matanza causada por los nazis, quisiera mencionar las que supuestamente dijo Martin Niemoller, pastor protestante alemán encarcelado por el gobierno de Hitler. Al parecer, tal y como conocemos este poema actualmente, es la versión aprobada por su viuda y dice así:

."Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.

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Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

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Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

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Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

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Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.


Podríamos seguir argumentando de esta manera:

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Vinieron por los animales y no dije nada porque yo no era un animal”.

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“Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.
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Si no nos implicamos en hacer justicia y denunciar la tortura y asesinato organizado al que son sometidos nuestros compañeros del Planeta, no podemos asombrarnos cuando usando los mismos argumentos, nuestra propia vida corra peligro por la codicia, violencia y crueldad del que sólo los seres humanos tenemos el triste “honor” de poseer.

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No tengo más que una piedra en mi honda; pero esa piedra es buena, esa piedra es la justicia. -Víctor Hugo
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Yolanda Plaza Ruiz
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Fotografías del blog de:

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Ricardo Muñoz José
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com/2009/08/blog-post.html